Publicamos acá la ponencia presentada por Roberta Consilvio, investigadora del Centro Mundial de Estudios Humanistas Salvatore Puledda, en el marco del Simposio Internacional celebrado virtualmente hoy viernes 16 de abril, mañana sábado 17 y el domingo 18.

«INTRODUCCIÓN

Buenos días a todos. Me gustaría agradecer a las numerosas personas que han hecho posible la celebración de este Simposio, en esta nueva forma interconectada.

Mi charla de hoy versa sobre el ser humano, destacando algunas de las características que distinguen su funcionamiento psíquico y su relación con el entorno que le rodea. De este modo, me gustaría llegar a la conclusión de que el ser humano, como individuo y como especie, es constitutivamente capaz de crear nuevas realidades, cambiando las condiciones en las que actúa: él, o más bien NOSOTROS, somos capaces de crear no sólo un nuevo mundo sino también un nuevo ser humano.

Hablar del ser humano no es sólo discutirlo como objeto de estudio filosófico, como si fuera un ente natural que hay que observar desde afuera. Por el contrario, la invitación es que todos se sientan personalmente llamados a conectarse con el discurso, porque hablaré de cada uno de nosotros, de nuestra experiencia cotidiana, de nuestra vida interior, de cómo percibimos y articulamos nuestra existencia.

Para ello me plantearé algunas preguntas, a partir de las cuales empezaré a desplegar los numerosos elementos que necesito para llegar a la conclusión.

1.    ¿Cómo se relaciona el ser humano con su medio? En otras palabras, ¿cómo entra la conciencia en contacto con el mundo y cómo se manifiesta este contacto?

2.    ¿Cómo la capacidad de crear imágenes mentales trabaja para la evolución?

3.    ¿Cómo me afecta el pasado? ¿Cómo me afecta el futuro?

4.    ¿Cuánta libertad puedo obtener de lo que me limita en mi vida actual?

Mis respuestas están enraizadas en la obra de Silo, seudónimo literario de Mario Rodríguez Cobos, pensador argentino y fundador dela corriente del Humanismo Universalista, que también concibió este Simposio en 2008, y también estoy en deuda con las contribuciones de los estudiosos que han explorado sus temas.

DESARROLLO

Por lo tanto, entraré en el corazón de lo que quiero exponer. La primera pregunta es: ¿Cómo se relaciona el ser humano con el medio ambiente? Es decir, ¿cómo entra la conciencia en contacto con el mundo y cómo se manifiesta este contacto?

Utilizo la palabra conciencia en un sentido psicológico, no moral. Con la palabra conciencia me refiero al aparato interno que nos hace percibir el mundo exterior y organiza las respuestas que damos a este mundo exterior. La conciencia hace un gran trabajo: porque recibe continuamente datos de todos los sentidos externos e internos, los procesa combinándolos con los de la memoria y programa acciones. La finalidad de la conciencia es mantener la homeostasis del funcionamiento de la unidad psicofísica de la que es expresión.  Y hasta aquí no seríamos muy diferentes de nuestro gato.

¿Cuál es la naturaleza de las elaboraciones de la conciencia? ¿Qué hace exactamente nuestra conciencia? ¿Toma imágenes del mundo exterior, luego juega con estas representaciones y al final del juego se le ocurre una acción a realizar? En esta perspectiva, la conciencia operaría una reproducción del mundo, como si fuera un ente pasivo frente a él, e idearía de forma mecánica soluciones a los problemas que el mundo le plantea.

No es así: la conciencia no está esperando pasivamente alguna señal del mundo exterior. Como afirman Brentano, Husserl y Silo, la conciencia está incesantemente en actividad, buscando sin parar objetos mentales, es decir, las mejores representaciones capaces de completar los actos que ha lanzado. Me represento el mundo no porque lo encuentre frente a mí, sino porque mi conciencia realiza un trabajo continuo de construcción activa. En el interior no tengo fotografías, sino elaboraciones originales y únicas. Este proceso constructivo y subjetivo de la conciencia es tan cierto que, por ejemplo, en ámbito judicial se realizan estudios sobre la fiabilidad de los testimonios prestados durante los juicios o los interrogatorios, ya que existen enormes diferencias entre los relatos de las personas que relatan un mismo hecho: cada persona ha construido el suceso de una manera diferente, con detalles que incluso estaban ausentes en la escena a describir.

Así que somos constructores activos de la realidad, cada uno por su lado.

Absurdamente, si no tuviera datos perceptivos o mnemotécnicos sobre el mundo en mí, ¿qué quedaría en mí, como material mental para hacer funcionar mi conciencia? Muy poco: la conciencia no tendría representaciones y el mundo, en definitiva, no existiría para mí. Yo tampoco existiría, ya que mis elaboraciones tienen una base en los datos del mundo. En otras palabras, me he ido constituyendo, desde que estaba todavía en el vientre de mi madre, en relación con el mundo en el que vivo, entendido como mundo material y como mundo social. Mi peculiar forma de percibir está entrelazada con la forma en que me perciben otros seres como yo, e interactúo con un mundo que sólo existe en la medida en que puedo captar sus aspectos más destacados para mi vida, mis sentidos y mi conciencia. Construyo la realidad de mi mundo, y puedo hacerlo a través de lo que del mundo está disponible para mí. Soy, en definitiva, una estructura conciencia-mundo en perpetua actividad. La frontera entre yo y el mundo exterior, que puedo fijar físicamente en el límite táctil de la piel, es, en el plano de la representación, una frontera elástica, o más bien teórica, definible como comunicación entre espacios abiertos. Silo explica este concepto con el término «paisaje»: hay un paisaje interno, dado por todas mis representaciones mentales, y uno externo, el mundo tal y como lo puedo percibir, y es en el entrelazamiento de estos dos paisajes donde se despliega mi estructura conciencia-mundo, permitiéndome aprender (tomar nuevos datos de la interacción con el paisaje externo) y operar sobre el paisaje externo a través de la acción de mi cuerpo, que está incluido en él.

Captar el abrazo ineludible en el que estos dos paisajes interactúan continuamente es el resultado del entrenamiento para captar un registro interno particular, el de la mirada. Otro concepto siloísta, la mirada interna es el registro que tenemos del punto de observación desde el que vemos operar la conciencia y todos sus actos. Cualquier cambio en la mirada se refleja en la forma en que los paisajes llevan a cabo su acción. Esta conciencia de la mirada es muy importante si queremos cambiar algo de la situación de violencia generalizada en el mundo actual. Todos los libros de motivación como «toma tu vida en tus manos» hacen hincapié en la capacidad tan humana de tomar conciencia de la mirada y cambiarla en la dirección deseada, al igual que muchos trabajos psicoterapéuticos: la profecía autocumplida es el ejemplo más claro de cómo la mirada influye en nuestros actos y en los acontecimientos que provocamos.

La mirada interna no es sólo la mirada individual sobre uno mismo y sus paisajes, sino también la de categorías enteras de personas, por ejemplo los científicos. Empezando por las ciencias físicas, hoy en día en todos los campos del conocimiento avanza el principio antrópico, es decir, la consideración del papel del observador en la construcción de la realidad. Se está abandonando la ilusión del conocimiento objetivo en favor de una perspectiva que se centra en la interacción entre el ser humano con sus medios epistémicos y el mundo por conocer, desde el nivel microscópico de las partículas subatómicas hasta el nivel macroscópico de la cosmología. Teniendo en cuenta la mirada del ser humano, surge una nueva visión del Universo, mucho más compleja que la de hace 100 años: el físico Carlo Rovelli la define como «un mundo que no existe en el espacio y no evoluciona en el tiempo». Un mundo hecho sólo de campos cuánticos en interacción cuyo enjambre de cuantos genera, a través de una densa red de interacciones mutuas, espacio, tiempo, partículas, ondas y luz». El concepto de interacción se está convirtiendo en el centro de todas las ciencias. Las categorías epistémicas y sus límites, útiles hasta hace poco, se interponen ahora en nuestra comprensión de la naturaleza de la nueva visión que emerge del conocimiento actual. Lo que he creído hasta ahora debe derrumbarse para configurar una nueva forma de ver las cosas. Me siento, ante esta «nueva» complejidad de mi mirada, como debieron sentirse los exploradores europeos del siglo XVI, ante los descubrimientos de tierras nunca antes intuidas. Cómo me sorprende la fotografía del telescopio Hubble que capta las cientos de galaxias del Universo profundo, desafiando decisivamente la percepción geocéntrica del mundo en el que he vivido hasta ahora. De repente, el Universo es prácticamente infinito y se despliega gracias a mi mirada que lo atrapa. La conciencia humana en este pequeño planeta periférico se vuelve importante porque al fin y al cabo representa, por el momento y según lo que sabemos, uno de los posibles niveles de interacción y una de las formas de construir conocimiento, pero ciertamente la única a la que tenemos acceso. Esta reflexión está afectando a todos los campos del conocimiento humano, que deben reconsiderar los fundamentos epistémicos de las disciplinas y elaborar un nuevo programa cognitivo en el que se incluya la mirada del ser humano como elemento central del método.

Llegamos a la segunda pregunta: ¿Cómo funciona la capacidad de crear imágenes mentales para la evolución?

La dinámica conciencia-mundo se expresa a través de la actividad de representar, es decir, de producir imágenes, tal y como se definen habitualmente en psicología. Las imágenes son re-construcciones sintéticas que la conciencia produce como resultado de su propia actividad, por lo que son originales, únicas, aunque la educación y la socialidad trabajan constantemente para que la comunicación recíproca de las imágenes sea posible. Desde una edad temprana y a lo largo de nuestra vida, a través del lenguaje compartimos conceptos, es decir, los significados básicos que asociamos a nuestras imágenes. Es en el fracaso de las acciones y de la comunicación, en las ambigüedades, en los errores, donde nos damos cuenta de la subjetividad de nuestras imágenes y de nuestros paisajes, y esto nos obliga a ponernos de acuerdo, a recuperar el consenso sobre las creencias previas al diálogo que están en la base de nuestros intercambios conversacionales. Es la naturaleza de nuestro conocimiento, como escribe Edgar Morin: «Todo conocimiento conlleva el riesgo de error e ilusión”.

El historiador Harari habla de las «construcciones de la imaginación» que han acostumbrado a las personas desde su nacimiento a ajustarse a ciertos comportamientos y a pensar de una manera determinada, creando así «instintos artificiales» que llamamos cultura. Las creencias son imágenes complejas y prescriptivas cuyo carácter subjetivo es difícil de reconocer, ya que la cultura tiene una forma cooperativa basada en grandes números y la evidencia que tenemos es justo la contraria: esta es la «verdad» ya que todo el mundo lo cree. Afortunadamente, muchos pensadores brillantes han ido a contracorriente, han puesto en tela de juicio lo que se tenía por cierto y han permitido acceder a nuevos conocimientos.

Las imágenes son flexibles: se reconstruyen continuamente, se cambian, se actualizan, para permitir que la estructura psicofísica se adapte al mundo físico y social, y viceversa, para adaptar el mundo físico y social a los propios deseos. Esta actividad de adaptación mutua apunta a una dirección evolutiva, ya que opera a través del instrumento del cuerpo, a la vez sujeto y objeto del mundo material y social, para transformar los paisajes en dirección a la superación del dolor físico y el sufrimiento mental. Esta intención básica de nuestra especie nos guía desde los primeros homínidos, ya que son las mismas condiciones de finitud y carencia las que impulsan la intención evolutiva. Podemos decir que es una dirección implícita en la propia Vida, desde sus formas más simples hasta las más complejas.

Esta dirección en el ser humano actúa articulando en la conciencia un horizonte temporal en el que el pasado, el presente y el futuro se entrelazan entre sí, pero en el que en última instancia prevalece la construcción del futuro, por la misma mecánica intencional de la conciencia, siempre lanzada hacia adelante en busca de nuevos objetos mentales. Por lo tanto, la actividad de representar en dirección al futuro la llamaremos imaginación y es la que permite el surgimiento de nuevos contenidos, que superan las viejas creencias descartándolas o integrándolas dentro de visiones más amplias. Giordano Bruno escribió: «… en efecto, cada vez que creemos que queda alguna verdad por conocer, algún bien por alcanzar, buscamos siempre otra verdad y aspiramos a otro bien. En resumen, la indagación y la búsqueda no se satisfarán en la consecución de una verdad limitada y un bien definido.»

Todo este proceso, a nivel del individuo y de la especie, resulta en un cambio continuo, y son miopes las posturas que pretenden preservar un equilibrio presente, o peor aún, volver a situaciones pasadas que se creían positivas en épocas lejanas.

Y ahora la tercera pregunta: ¿cómo me afecta el pasado? ¿Cómo me afecta el futuro?

La temporalidad de la conciencia surge de la articulación de los tres tiempos que podemos construir: pasado, presente y futuro. El pasado es todo lo que es la memoria, el paisaje de la formación, y siempre entra en juego en la construcción de nuevas imágenes. El pasado me define: soy un ser histórico impregnado de la cultura en la que crecí. También me define como ser social ya que es en la interacción con las intenciones de los demás donde he configurado mi intención. El pasado predomina cuanto más acumulo en la memoria. Sin embargo, el futuro prevalece: es la dimensión proyectual de la existencia, el programa de mis acciones, es la intención que se manifiesta en el cuerpo y en el mundo. El presente es el punto de intersección de las imágenes procedentes de la memoria y las imágenes resultantes de los procesos imaginativos en los que me proyecto en situaciones futuras. Es en el presente donde actúo, siento, pienso, en el que a la vez que incluyo el pasado, soy empujado hacia el futuro, ampliando así la mirada que observa la temporalidad en acción.

Y ahora la última pregunta: ¿cuánta libertad puedo obtener con respecto a lo que limita mi vida hoy?

El impulso hacia la futurización, procedente de la dirección evolutiva que quiere transformar las condiciones dadas, corresponde en la historia de la humanidad a un proceso de liberación personal y social en el que estamos, cada uno de nosotros, llamados a dar nuestra contribución. Esta liberaciónestá arraigada en el cuerpo con acciones para eliminar el dolor y acercar el placer, y a medida que las necesidades y las posibilidades se han ampliado, los seres humanos han luchado contra la enfermedad y la pobreza, y contra el miedo que genera el sufrimiento. El propio cuerpo puede transformarse en este proceso de liberación: la cirugía, las prótesis, la fecundación asistida son algunas de las formas de intervenir sobre el cuerpo cuando éste representa un límite a nuestras intenciones.

El proceso de liberación del ser humano acaba de empezar. Al ser el último en aparecer en el planeta, su evolución ha sido rápida y, en un bucle virtuoso de retroalimentación, cuanto más cambiaba, más podía cambiar. La posibilidad de representación aceleró aún más el desarrollo de sus habilidades, ya que no tenía que ir necesariamente por ensayo y error, sino que imaginaba situaciones y encontraba soluciones.

John Stewart, estudioso del desarrollo de la conciencia, define dos características fundamentales del ser humano: la autoevolución y la autogestión sistémica. La primera es la capacidad de liberarse de las limitaciones biológicas y culturales del pasado para poder elegir lo necesario en beneficio del futuro; la segunda es la capacidad de desarrollar modelos mentales de interacción entre uno mismo y el entorno, que permiten identificar acciones útiles para el futuro evolutivo.

Estas capacidades están presentes en todos los seres humanos como posibilidades inherentes al propio funcionamiento de la conciencia. Pero sólo en presencia de una elección intencional podemos tomar conciencia de ellas, desarrollarlas, ponerlas al servicio del mejoramiento de la vida individual y colectiva. ¿Qué salto cualitativo tendría la vida humana y no humana en este planeta si todos actuaran para liberarse de los límites impuestos a todos los niveles?

Este simposio es un momento de encuentro y circulación de ideas que quieren iluminar una parte del camino de liberación que nos espera en el futuro. Liberarnos de la tiranía del dinero, por ejemplo, con una renta básica universal; liberarnos de la amenaza destructiva de la reducción del armamento y la eliminación de la energía nuclear; liberarnos de la desigualdad de género y de todo tipo de discriminación en general; liberarnos de la amenaza del desastre ecológico; liberarnos de la violencia que afecta a tantos ámbitos de la vida humana.

¿Hasta dónde podemos llegar en el camino de la liberación? Claramente desde el presente desde donde observamos, vislumbramos en la distancia bifurcaciones que podríamos tomar y bifurcaciones que esperamos evitar, pero el camino no está definido de ninguna manera. A partir de Heisenberg, en el ámbito científico (pero con consecuencias de relevancia epistemológica en todo el conocimiento humano), la indeterminación ha descrito de forma más sensible el comportamiento no mecánico y no determinista de algunos fenómenos físicos, pudiendo generalizar esta adquisición a los fenómenos mucho más aleatorios de la vida y del ser humano.

Pico della Mirandola describe poéticamente esta inmensa libertad que el ser humano tiene ante sí: «no te he hecho ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, para que de ti mismo, como si fueras un creador libre y soberano, te moldeara y esculpiera en la forma que hubieras elegido. Puedes degenerar en las cosas inferiores, que son los brutos; puedes regenerar, según tu voluntad, en las cosas superiores que son divinas».

Ciertamente, esta dimensión de indeterminación fascina y asusta al mismo tiempo. A veces puede adoptar la forma concreta de la pregunta: «¿Nos extinguiremos o seremos capaces de transformar nuestra especie y nuestro entorno de formas que aún no podemos imaginar?» Los abismos y las perspectivas brillantes coexisten como posibilidades a las que dar forma.

CONCLUSIONES

Para concluir, me gustaría recapitular brevemente.

La característica del ser humano es la apertura, ya que su conciencia, al tejer su actividad constructiva en interacción con el mundo, se estructura y moldea a sí misma y al mundo. La capacidad de crear imágenes y proyectarlas hacia el futuro en la dirección de superar el dolor y el sufrimiento es la base de la transformación de las condiciones limitadas en las que siempre se encuentra actuando. La transformación se produce en la mirada con la que observa, en los paisajes internos y externos que la constituyen, en el mundo mismo. Ha escrito en su interior, codificado en el propio funcionamiento, su propio destino de liberación personal, social y espiritual.

Todo esto es muy importante hoy en día. En palabras de Hugo Novotny: «En el momento histórico actual, se ha hecho imperativo que la especie humana asuma un papel de liderazgo en la superación de la crisis y el paso a la futura etapa evolutiva de la vida en nuestro planeta; y para que esto sea posible, es imperativo el salto intencionado a un nuevo nivel de conciencia, a una nueva ética y a una nueva espiritualidad.»

Las «cosas superiores y divinas» de Pico della Mirandola y la nueva espiritualidad de la próxima etapa de la evolución humana se refieren a la dimensión mística que el ser humano lleva explorando desde hace varios miles de años, buscando el camino hacia un nuevo nivel de conciencia y conocimiento. Los límites de la identidad individual son riberas dentro de las cuales se contiene el registro del yo consciente, pero hay un río profundo que no tiene riberas y que se relaciona con las experiencias de contacto con el mundo inefable de los significados universales.

Sasha Volkoff describe muy bien el proceso de meditación con el que se puede llegar a ello: «En la medida en que hay silencio y la conciencia se vacía de contenido, puede llegar un momento en que, desprovista de contenido a los cuales dirigirse, hace un movimiento hacia el interior y se registra a sí misma, en ese momento, cuando el sujeto se encuentra consigo mismo, se produce la ruptura de nivel. Con la desaparición de los objetos de la conciencia, se descubre como un «vacío» y se ve a sí mismo no como objeto sino directamente como sujeto».

El siguiente paso en el proceso de liberación al que aspiramos es ser capaces de imaginar nuestra evolución más allá del límite de la muerte del cuerpo. En el misterio y la fe que acompañan este pasaje, místicos de diferentes religiones han afirmado la posibilidad de un camino del espíritu, más allá del cuerpo físico y al margen del yo con el que nos identificamos en la vida, proyectándose hacia un camino de trascendencia.

Termino con una hermosa cita del cuento de Silo «La arcilla del cosmos»:

«Así, el visitante esperaba un nuevo nacimiento dentro de esa especie en la que había reconocido el miedo ante la muerte y el vértigo de la furia destructiva. Había observado cómo esos seres vibraban con la alucinación del amor, cómo se angustiaban ante la soledad del Universo vacío, cómo imaginaban su futuro, cómo se esforzaban por descifrar las primeras huellas dejadas en el camino donde habían sido arrojados. Tarde o temprano esta especie hecha de la arcilla del cosmos tomaría el camino que la llevaría a descubrir su propio origen, pero ese camino resultaría imprevisible.»

Gracias por su atención.»

 

La traducción al Español es de Annalisa Pensiero