No todo el mundo tiene la suerte de viajar a El Cairo, capital de una de las naciones más antiguas del orbe, lugar repleto de historia y fascinación.

Pero ¿qué hacer si un amigo pide ayuda para visitarlo en 24 horas? ¿Cómo emular al PhileasFogg de Julio Verne y abarcar la esencia de esta ciudad egipcia en un día? El itinerario que le preparamos, aunque ajustado, vencerá el desafío.

Comenzaremos madrugando para así aprovechar la jornada al máximo, también porque el clima diurno cariota es elevado la mayor parte del año y al mediodía el astro sol resulta abrumador, con temperaturas que rayan en los 40 grados centígrados.

Nuestra ruta inicia en la Necrópolis de Giza—a 20 kilómetros del centro de El Cairo—, donde se elevan majestuosas las famosas pirámides de Egipto, que dejan perplejos a todos con esa terca manía de vencer al tiempo desde hace más de cuatro milenios.

Aunque no será posible recorrer con calma todo el conjunto funerario —incluye las pirámides de Keops, Efrén y Micerinos, las tumbas de las reinas, la Gran Esfinge y el Templo del Valle—, nuestro amigo sí contemplará el entorno y tomará fotos panorámicas espectaculares montado a lomos de uno de los dóciles camellos que por allí se alquilan.

Desde la explanada, observaremos extasiados el nuevo Gran Museo Egipcio, que tendrá su apertura oficial en julio, si bien ya pueden visitarse la mayoría de sus salas en un viaje mágico por el Antiguo Egipto, a excepción de la que albergará lo relativo a Tutankamón, la joya de la corona expositiva.

Al estar tan próximos, alcanzaremos a ver su fachada con formas geométricas trianguladas de alabastro, formas que por sí solas nos harán soñar con la época dorada de los faraones y convencerán a nuestro amigo de regresar a El Cairo sin el más mínimo titubeo.

De ahí haremos escala obligatoria en algún pequeño puesto de alimentos, cuya sencillez no limitará para nada la exquisitez y abundancia del esperado desayuno egipcio, tesoro cultural reconocido por su antigüedad y alto valor nutritivo.

Al sabroso té lo acompañará sin dudas el aishbaladi, variante local del pan pita, para untar con fulmedames, esa pasta tan parecida al hummus pero a base de habas y salsa de ajonjolí, cuyo sabor especiado impregna la memoria de sensaciones orientales.

Tras alimentar cuerpo y espíritu, visitaremos el que quizás sea uno de los complejos históricos más hermosos y bien conservados de la arquitectura islámica: la Ciudadela de Saladino.

La impresionante fortaleza —erigida en el siglo XII por el sultán que le da su nombre— nos recibirá con sus magníficas mezquitas, calles adoquinadas y palacios decorados, lo que nos transportará en el tiempo a ambientes medievales y hará sentir tan protegidos como acaso se sintieron hace más de 800 años los habitantes de esta urbe.

De regreso, nos perderemos en el laberinto de callejuelas de Jan El Jalili, un antiguo y amplio bazar, rico en especias y artesanía, así como en locales donde se suele beber, comer y disfrutar de las típicas cachimbas de tabaco aromatizado (llamadas shisha o narguile en el mundo musulmán).

El ocaso nos sorprenderá mientras vivimos unas de las experiencias multiculturales más encantadoras de la capital: tomar té con menta al ritmo de instrumentos musicales en el histórico café El Fishawi, un espacio seductor que desde finales del siglo XVIII acogió a escritores, artistas y otras celebridades egipcias.

Y finalmente, no hay mejor modo de despedirse de El Cairo que terminar la noche paseando por el río Nilo en un velero tradicional (faluca), acunados por sus milenarias aguas, jubilosos tras lograr darle la vuelta a esta bulliciosa ciudad en apenas 24 horas.

(Tomado de 4ta. Pared, suplemento cultural de Orbe)

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