Con un cuerpo que todavía no sentía del todo mío y aun dormida, abrí los ojos y entonces fui consciente de mi llanto. Con la mano que no tenía agujas y cables me limpié las lágrimas y agradecí estar de vuelta. En mi aturdimiento entendí por primera vez algo que no era nuevo, y es que siempre que salgo del quirófano y despierto del efecto de la anestesia lo hago llorando, siempre, indefectiblemente. Pienso entonces en la llegada a la vida, llegamos a este plano en medio de agua y llanto y celebro mi cuerpo de barro que toma forma siendo humedecido por las lágrimas.

Mientras despertaba, muy lento y en medio del aturdimiento y la frialdad inmaculada de los quirófanos y sus anexos, me pregunté qué es lo que siempre me hace volver de la inconsciencia llorando y no tuve respuesta, básicamente porque no la hay. ¿De qué se vuelve cuando se despierta de una anestesia general? Sentí un frío descomunal. Me pregunto si Lázaro habrá sentido algo parecido y pienso en las tres versiones posibles de su vida después de que Jesús lo resucitó, según cuenta Juan. Una dice que terminó haciendo iglesia en Chipre, otra sostiene que la hizo en Marsella y otra, la más creíble y humana, dice que se suicidó.

Partiendo del hecho de que acá vamos a morirnos todos, se trata de pensar en el poder de una parte por sobre otra. Qué le permitió a ese hijo de un dios resucitar a otro y aunque fuera su amigo no respetarle la muerte y qué le permite a unos otros diosificados apagar a cuerpos por un rato para intervenirlos y luego de un cambio de pilas, volver a encenderlos y echarlos a andar.

En eso de despertar y no ser la misma persona –porque básicamente y por lo menos en el cuerpo, ya algo, seguro, cambió– encuentro algo kafkiano. Te anestesiaron y te hicieron y no te diste cuenta, pero te pasó. La vulnerabilidad absoluta, la inexistente posibilidad de agencia que para que ocurra debe haber una parte que detente poder y el poder radica en tomar decisiones sobre un cuerpo otro y dictaminar estrategias para infligir, evitar u omitir dolor y ese poder lo arrogan los médicos y la medicina y es el quirófano el escenario por excelencia de prueba de todo eso, es el lugar desinfectado en el que compiten con lo que ellos entienden por dios. Entonces pienso en los dioses, que siempre, desde que nuestra especie los ha configurado como tales, han sido representados como crueles. Y no hay que ir muy lejos, es clara la ira del dios judío del antiguo testamento, pero por otro lado y por más bonachón que presenten al dios cristiano del nuevo, el tipo igual sólo se aplacó con el sacrificio de su hijo –que viene siendo el mismo que resucitó a Lázaro–.  El positivismo es un eterno enamorado de la muerte y es un ludópata que juega en el casino, todas las noches, apostando vidas.

Someterse a la anestesia general es entregarse quizá y obligadamente al concepto del amor fati pero en el destino al cual amar yo elijo la conciencia del dolor y del deseo, el estado de vigilia, la atención y poder rasgar al mundo por mitades así como arañar una espalda de la que estoy prendida. ¿Dónde queda el lugar para la epifanía? El cuerpo y la vida, la persona debajo de la piel.

Vuelvo al momento en el que aún dormida fui consciente: el llanto. Y pienso en el llanto cuando el cuerpo está rendido, en las veces que he querido llorar con el cuerpo inmediatamente cansado luego de amar al otro cuerpo amado y añorado y esperado. Qué enorme frustración. Cuánto queda atrás, qué queda atrás. Así es que me pregunto si cuando luego de una experiencia corporal sobreviene el llanto como me pasó a mí y a las hermanas de Lázaro ¿estaremos acaso en frente de una transformación, que no es lo mismo y es muchísimo más que un cambio? ¿Qué muere, qué es lo que ya no es igual? Y en el insomnio infernal que vino después de la anestesia general pensé en el amor de nosotros, los humanos y profanos, y lo pensé como a un Lázaro al que nos negamos respetarle su muerte y entonces como dioses lo revivimos encerrándolo en una vida y es ahí cuando se cumple la tercer hipótesis y Lázaro, ese amor obligado a vivir, se suicida. ¿Cuánto más de nosotros puede que ser anestesiado? ¿Cuánto más de nosotros obligamos a nacer de nuevo?